Lo común parece estar por todas partes. Es como una pesadilla. Y así, si Hui Shi decía «[…] el ser que nace es el ser que muere»1, Heráclito apuntaba: «Lo mismo en lo viviente y muerto, y lo despierto y lo durmiente, y también lo joven y lo viejo. Pues esto se ha convertido en aquello, y aquello, de nuevo, en esto se ha convertido»2. No me gusta lo común, me parece una simplicidad demasiado simple, una regla demasiado sencilla para esta cabeza mía que se quiere complicar una y otra vez para no ir a ninguna parte. Pero no encuentro forma de salirme de lo común. A lo mejor si yo fuera uno de esos sacerdotes dionisíacos, lo común lo vería con otros ojos, unos ojos embriagados que danzarían al ritmo de los tambores de una comunidad orgiástica sin límite. Pero yo soy…
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