La diosa verdad –así llama Heidegger a la diosa innominada, lo cual ya ha quedado constatado anteriormente– es una diosa imperativa. Y tenemos diversos ejemplos de ello en el poema para poder afirmar tal cosa. Examinemos estos versos de B6:
Es preciso decir y pensar que el Ser existe, pues existe, pero la nada no existe
Y esto te ordeno que aprendas.
Y observemos este paso en B8:
Pues, ¿qué origen le buscarás? ¿Cómo, de dónde habría nacido?
No te permitiré decir ni pensar que del no-Ser,
pues no es decible ni pensable que no es.
Con los anteriores ejemplos queda claro que la diosa verdad tiene la palabra y «[…] decide todo sobre el pensador y lo que tiene que ser pensado.»1 Digamos que la revelación de la diosa verdad encauza las futuras experiencias del pensador: «La diosa saluda al pensador, quien ha llegado a…
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