Heráclito se nos presenta como un profeta de la verdad predicando que ésta se puede captar mediante la intuición. El de Éfeso no se quiere dejar engañar por los sentidos –de los cuales desconfía pero sin llegar a rechazarlos totalmente, pues considera que éstos «son necesarios para adquirir sabiduría»1– en la medida en que los sentidos nos hacen creer que las cosas son fijas y estables. Heráclito abre el camino emboscado de la verdad con su afilada intuición que desagrada a Aristóteles y a su queridísimo principio de no contradicción. Coetáneo de Heráclito es otro profeta de la verdad, pero a diferencia del filósofo de Éfeso, que está hecho de fuego, el otro está hecho de hielo «y despide a su alrededor una luz gélida y punzante»2. Estamos hablando del abstracto Parménides, que con su doctrina del ser convierte a la Naturaleza en una suerte de armatoste de pensar tan petrificado como inmóvil. Con Heráclito la verdad es el eterno devenir mientras que con Parménides es el eterno presente, esto es, un ser indivisible, inmóvil, etcétera. El de Elea hace caso omiso a los sentidos, los cuales a su juicio sólo hacen ver al no-ser y, en justa consecuencia, el devenir heraclíteo. Parménides rechaza la intuición de Héraclito y aboga por el uso exclusivo del pensamiento para examinar las cosas. Con su doctrina, el eleata «escindió limpiamente los sentidos de la facultad de pensar y abstraer como si se tratara de dos actividades dispares; incluso destruyó el intelecto como tal y alentó la tan errónea distinción entre cuerpo y espíritu que, sobre todo desde Platón, pende como una maldición sobre la filosofía»3. La verdad de Parménides, pues, fue el preludio de la ontología, o sea, la metafísica –un artificio donde el tiempo y las entidades permanecen coaguladas.
1Fraile, 2015.
2Nietzsche, 2004.
3Ibíd.

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